El diablo entre las piernas: el regreso del mejor Ripstein

Sucede que dentro del ejercicio cinematográfico riguroso del cine nacional tenemos grandes exponentes, pero en la actualidad esta forma tan rigurosa estilizada del cine sin pretensiones de recaudar grandes taquillas se encuentra inexistente, pero que tiene un solo objetivo, el de exponer un universo lo más cercano posible a una realidad mucho más humana que se quite todos los filtros, que, de alguna manera lo disfracen, pero al mismo tiempo no deje de parecer un discurso artificial sobre una realidad humana fuerte y desesperanzadora.

Arturo Ripstein nos ha mostrado los lugares más oscuros de la condición humana y aún así su estilo y forma de filtrar estas experiencias los lleva a cabo de la manera más teatral. Sobre este estilo se encuentra realizada: El diablo entre las piernas, que es probablemente una de las mejores obras del maestro Ripstein, no por situaciones pretenciosas de estilo, sino porque nos recuerda mucho a situaciones humanas que hemos olvidado y quizá algunas de ellas las hemos minimizado. Una de estas es la sexualidad en la etapa de la vejez, cuando nuestros cuerpos ya no se encuentran en la mejor forma y de alguna manera se ha caído, no obstante y, aunque Arturo Ripstein lo hace de manera colosal, esto de mostrar la miseria humana de manera abierta y osada, la historia no se enfrasca sólo en lo sexual, también en el decaimiento emocional en la que una pareja de viejos, puede llegar a caer después de tantos años de relación. La historia de Paz Alicia García-Diego trastoca muchos más temas que son objeto de esta reseña.

Uno de estos temas y el que creo resulta más importante: como es vista la sexualidad de la mujer ante la sociedad, ante su familia y ante su acompañante de toda la vida (Alejandro Suárez). La visión de García-Diego para con Beatriz (Silvia Pasquel) es una mujer que en su juventud solía ser una mujer que disfrutaba de su sexualidad sin miramientos, sin embargo, al tiempo encontró al hombre con el que se quedó, al parecer toda la vida. Este pasado resulta trágico en retrospectiva en esta dinámica matrimonial cuando la pareja de esta mujer trae a colación todos estos recuerdos del pasado de ella y como bien dicen: “A la vejez viruela”. Este viejo comienza un juicio imparable hacia su mujer, quien argumenta que sí, que antes de conocerlo su sexualidad era abierta y sin restricciones, pero desde que lo conoció a él, ha sido devota de su matrimonio. Él no cree en este argumento, que bajo la pluma de su guionista y el lente de Ripstein, nos damos cuenta que sí, ella dice la verdad y, que esta necedad de parte de él, orilla a Beatriz a cometer lo que él tanto teme.

La sexualidad de esta mujer desde este punto de vista se encuentra entre dos fuegos morales al introducirse un personaje, hombre igual, que es pareja de baile de tango en una competencia (Daniel Gímenez Cacho), este hombre, ella al preguntarle por qué su marido la trata así, piensa que “se le está lanzando” al confiarle esta información tan íntima y sensible sobre su vida personal y, también la califica de fácil, ligera e inmoral, pero también de inmediato pide el cambio de su pareja de competencia.

Ambos discursos, tanto de un hombre que la conoce bien y que convive con ella las 24 horas del día y la de un hombre que apenas la ve en algunos ensayos, colocan a esta mujer en una posición donde ella misma comienza a creer la perspectiva de estos dos varones acerca de su propia realidad, comenzando a dudar de la visión de su identidad y moral sexual. A tal grado que asume el papel, que, condicionada por ambas formas de apreciarla, le tocaría vivir o asumir. Hay una tercera visión, totalmente distante a las dos anteriores, que, por cuestiones de spoiler no analizaré, pero que lamentablemente no resulta determinante en lo que ella cree de ella misma y al final termina absorbiéndola.

El diablo entre las piernas es, de alguna manera, el regreso del mejor estilo de Arturo Ripstein de la mano de quien ha sido la guionista de casi todas películas, pero también de sus imágenes y personajes sórdidos que resultan cercanos y aterrorizantes en una realidad cercana en una Ciudad de México en un acercamiento mucho más general, pero íntimo en la descripción de las deficiencias de sus personajes, algunas veces hermosos en sus defectos, al mismo tiempo de trágicos. Estos matices ponen al espectador en un discurso ensimismado tratando de entender dónde se encuentra él en esta historia y como comenzará a asimilarla, pero sobre todo, a entender una complejidad humana que vive y radica en todos, la oscuridad inherente del ser humano.

Luis Toriz

Por Luis Toriz
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